"Venid a mí todos"
viernes, 18 de junio de 2010
A pesar de que los hijos de Israel "hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas" (2 Crónicas 36: 16), el Señor había seguido manifestándoseles como "Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad." (Éxodo 34: 6.) Y por más que le rechazaran una y otra vez, de continuo había seguido instándoles con bondad inalterable. Más grande que la amorosa compasión del padre por su hijo era el solícito cuidado con que Dios velaba por su pueblo enviándole "amonestaciones por mano de sus mensajeros, madrugando para enviárselas; porque tuvo compasión de su pueblo y de su morada." (2 Crónicas 36: 15, V.M.) Y al fin, habiendo fracasado las amonestaciones, las reprensiones y las súplicas, les envió el mejor don del cielo; más aún, derramó todo el cielo en ese solo Don.
El Hijo de Dios fue enviado para exhortar a la ciudad rebelde. Era Cristo quien había sacado a Israel como "una vid de Egipto." (Salmo 80: 8.) Con su propio brazo, había arrojado a los gentiles de delante de ella; la había plantado "en un recuesto, lugar fértil;" la había cercado cuidadosamente y había enviado a sus siervos para que la cultivasen. "¿Qué más se había de hacer a mi viña —exclamó,— que yo no haya hecho en ella?" A pesar de estos cuidados, y por más que, habiendo esperado "que llevase uvas" valiosas, las había dado "silvestres" (Isaías 5: 1-4), el Señor compasivo, movido por su anhelo de obtener fruto, vino en persona a su viña para librarla, si fuera posible, de la destrucción. La labró con esmero, la podó y la cuidó. Fue incansable en sus esfuerzos para salvar aquella viña que él mismo había plantado.
Durante tres años, el Señor de la luz y de la gloria estuvo yendo y viniendo entre su pueblo. "Anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo," curando a los de corazón quebrantado, poniendo en libertad a los cautivos, dando vista a los ciegos, haciendo andar a los cojos y oír a los sordos, limpiando a los leprosos, resucitando muertos y predicando el Evangelio a los pobres. (Hechos 10: 38; S. Lucas 4: 18; S. Mateo 11: 5.) A todas las clases sociales por igual dirigía el llamamiento de gracia: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar." (S. Mateo 11: 28.)
La Fe de los Mártires
miércoles, 9 de junio de 2010
CUANDO Jesús reveló a sus discípulos la suerte de Jerusalén y los acontecimientos de la segunda venida, predijo también lo que habría de experimentar su pueblo desde el momento en que él sería quitado de en medio de ellos, hasta el de su segunda venida en poder y gloria para libertarlos. Desde el monte de los Olivos vio el Salvador las tempestades que iban a azotar a la iglesia apostólica y, penetrando aún mas en lo porvenir, su ojo vislumbro las fieras y desoladoras tormentas que se desatarían sobre sus discípulos en los tiempos de obscuridad y de persecución que habían de venir. En unas cuantas declaraciones breves, de terrible significado, predijo la medida de aflicción que los gobernantes del mundo impondrían a la iglesia de Dios. (S. Mateo 24: 9, 21, 22.) Los discípulos de Cristo habrían de recorrer la misma senda de humillación, escarnio y sufrimientos que a él le tocaba pisar. La enemistad que contra el Redentor se despertara, iba a manifestarse contra todos los que creyesen en su nombre.
La historia de la iglesia primitiva atestigua que se cumplieron las palabras del Salvador. Los poderes de la tierra y del infierno se coligaron para atacar a Cristo en la persona de sus discípulos. El paganismo previó que de triunfar el Evangelio, sus templos y sus altares serían derribados, y reunió sus fuerzas para destruir el cristianismo. Encendióse el fuego de la persecución. Los cristianos fueron despojados de sus posesiones y expulsados de sus hogares. Todos ellos sufrieron "gran combate de aflicciones." "Experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto prisiones y cárceles." (Hebreos 10: 32; 11: 36.) Muchos sellaron su testimonio con su sangre. Nobles y esclavos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, todos eran muertos sin misericordia.
Estas persecuciones que empezaron bajo el imperio de Nerón, cerca del tiempo del martirio de S. Pablo, continuaron con mayor o menor furia por varios siglos. Los cristianos eran inculpados calumniosamente de los más espantosos crímenes y eran señalados como la causa de las mayores calamidades: hambres, pestes y terremotos. Como eran objeto de los odios y sospechas del pueblo, no faltaban los delatores que por vil interés estaban listos para vender a los inocentes. Se los condenaba como rebeldes contra el imperio, enemigos de la religión y azotes de la sociedad. Muchos eran arrojados a las fieras o quemados vivos en los anfiteatros. Algunos eran crucificados; a otros los cubrían con pieles de animales salvajes y los echaban a la arena para ser despedazados por los perros. Estos suplicios constituían a menudo la principal diversión en las fiestas populares. Grandes muchedumbres solían reunirse para gozar de semejantes espectáculos y saludaban la agonía de los moribundos con risotadas y aplausos.
Doquiera fuesen los discípulos de Cristo en busca de refugio, se les perseguía como a animales de rapiña. Se vieron pues obligados a buscar escondite en lugares desolados y solitarios. Anduvieron "destituidos, afligidos, maltratados (de los cuales el mundo no era digno), andando descaminados por los desiertos y por las montañas, y en las cuevas y en las cavernas de la tierra." (Hebreos 11: 37, 38, V.M.) Las catacumbas ofrecieron refugio a millares de cristianos. Debajo de los cerros, en las afueras de la ciudad de Roma, se habían cavado a través de tierra y piedra largas galerías subterráneas, cuya obscura e intrincada red se extendía leguas más allá de los muros de la ciudad. En estos retiros los discípulos de Cristo sepultaban a sus muertos y hallaban hogar cuando se sospechaba de ellos y se los proscribía. Cuando el Dispensador de la vida despierte a los que pelearon la buena batalla, muchos mártires de la fe de Cristo se levantarán de entre aquellas cavernas tenebrosas.
En las persecuciones más encarnizadas, estos testigos de Jesús conservaron su fe sin mancha. A pesar de verse privados de toda comodidad y aun de la luz del sol mientras moraban en el obscuro pero benigno seno de la tierra, no profirieron quejas. Con palabras de fe, paciencia y esperanza, se animaban unos a otros para soportar la privación y la desgracia. La pérdida de todas las bendiciones temporales no pudo obligarlos a renunciar a su fe en Cristo. Las pruebas y Como los siervos de Dios en los tiempos antiguos, muchos "fueron muertos a palos, no admitiendo la libertad, para alcanzar otra resurrección mejor." (Vers. 35, V.M.) Recordaban que su Maestro había dicho que cuando fuesen perseguidos por causa de Cristo debían regocijarse mucho, pues grande sería su galardón en los cielos; porque así fueron perseguidos los profetas antes que ellos. Se alegraban de que se los hallara dignos de sufrir por la verdad, y entonaban cánticos de triunfo en medio de las crepitantes hogueras.
Mirando hacia arriba por la fe, veían a Cristo y a los ángeles que desde las almenas del cielo los observaban con el mayor interés y apreciaban y aprobaban su entereza. Descendía del trono de Dios hasta ellos una voz que decía: "Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida." (Apocalipsis 2: 10)La persecución no eran sino peldaños que los acercaban más al descanso y a la recompensa.
Anunciar el Evangelio al mundo
jueves, 27 de mayo de 2010
LA IGLESIA es el medio señalado por Dios para la salvación de los hombres. Fue organizada para servir, y su misión es la de anunciar el Evangelio al mundo. Desde el principio fue, el plan de Dios que su iglesia reflejase al mundo su plenitud y suficiencia. Los miembros de la iglesia, los que han sido llamados de las tinieblas a su luz admirable, han de revelar su gloria. La iglesia es la depositaria de las riquezas de la gracia de Cristo; y mediante la iglesia se manifestará con el tiempo, aún a "los principados y potestades en los cielos"(Efe. 3: 10), el despliegue final y pleno del amor de Dios.
Muchas y maravillosas son las promesas registradas en las Escrituras en cuanto a la iglesia. "Mi casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos."(Isa. 56: 7.) "Y daré a ellas, y a los alrededores de mi collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo, lluvias de bendición serán. . . . Y despertaréles una planta por nombre, y no más serán consumidos de hambre en la tierra, ni serán más avergonzados de las gentes. Y sabrán que yo su Dios Jehová soy con ellos, y ellos son mi pueblo, la casa de Israel, dice el Señor Jehová."(Eze. 34: 26,29 - 31.)
"Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí; para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado Dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová; y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros extraño. Vosotros pues sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios." "Yo Jehová te he llamado en justicia, y te tendré por la mano; te guardaré y te pondré por alianza del pueblo, por luz de las gentes; para que abras ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que están de asiento en tinieblas." (Isa. 43: 10-12; 42: 6, 7.)
"En hora de contentamiento te oí, y en el día de salud te ayudé: y guardarte he, y te daré por alianza del pueblo, para que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos. En los caminos serán apacentados, y en todas las cumbres serán sus pastos. No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manaderos de aguas. Y tornaré camino todos mis montes, y mis calzadas serán levantadas. . . .
"Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes: porque Jehová ha consolado su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia. Mas Sión dijo: Dejóme Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas te tengo esculpida: delante de mí están siempre tus muros." (Isa. 49: 8-16.)
La iglesia es la fortaleza de Dios, su ciudad de refugio, que él sostiene en un mundo en rebelión. Cualquier traición a la iglesia es traición hecha a Aquel que ha comprado a la humanidad con la sangre de su Hijo unigénito. Desde el principio, las almas fieles han constituido la iglesia en la tierra. En todo tiempo el Señor ha tenido sus atalayas, que han dado un testimonio fiel a la generación en la cual vivieron. Estos centinelas daban el mensaje de amonestación; y cuando eran llamados a deponer su armadura, otros continuaban la labor. Dios ligó consigo a estos testigos mediante un pacto, uniendo a la iglesia de la tierra con la iglesia del cielo. El ha enviado a sus ángeles para ministrar a su iglesia, y las puertas del infierno no han podido prevalecer contra su pueblo.
A través de los siglos de persecución, lucha y tinieblas, Dios ha sostenido a su iglesia. Ni una nube ha caído sobre ella sin que él hubiese hecho provisión; ni una fuerza opositora se ha levantado para contrarrestar su obra, sin que él lo hubiese previsto. Todo ha sucedido como él lo predijo. El no ha dejado abandonada a su iglesia, sino que ha señalado en las declaraciones proféticas lo que ocurriría, y se ha producido aquello que su Espíritu inspiró a los profetas a predecir. Todos sus propósitos se cumplirán. Su ley está ligada a su trono, y ningún poder del maligno puede destruirla. La verdad está inspirada y guardada por Dios; y triunfará contra toda oposición.
Durante los siglos de tinieblas espirituales, la iglesia de Dios ha sido como una ciudad asentada en un monte. De siglo en siglo, a través de las generaciones sucesivas, las doctrinas puras del cielo se han desarrollado dentro de ella. Por débil e imperfecta que parezca, la iglesia es el objeto al cual Dios dedica en un sentido especial su suprema consideración. Es el escenario de su gracia, en el cual se deleita en revelar su poder para transformar los corazones.
"¿A qué hemos de comparar el reino de Dios? preguntó Cristo, ¿o con qué semejanza lo representaremos?" (Mar. 4: 30, V.M.) El no podía emplear los reinos del mundo como símil. No podía hallar en la sociedad nada con que compararlo. Los reinos terrenales son regidos por el ascendiente del poder físico; pero del reino de Cristo está excluída toda arma carnal, todo instrumento de coerción. Este reino está destinado a elevar y ennoblecer a la humanidad. La iglesia de Dios es el palacio de la vida santa, lleno de variados dones, y dotado del Espíritu Santo.
Un Poder Misterioso que Convence
viernes, 14 de mayo de 2010
¿COMO se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando, convencidas de su pecado, exclamaron: "¿Qué haremos?" La primera palabra de contestación de Pedro fue: "Arrepentíos". Poco después, en otra ocasión, dijo: "Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados" (Hechos 2: 38; 3: 19). El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo. No renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida.
Hay muchos que no entienden la naturaleza verdadera del arrepentimiento. Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aun se reforman exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree sufrimientos. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan la pena más bien que el pecado. Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre. Balaam, aterrorizado por el ángel que estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa 22 por temor de perder la vida; mas no experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal. Judas Iscariote, después de traicionar a su Señor, exclamó: "¡He pecado, entregando la sangre inocente!" (S. Mateo 27: 4).
Esta confesión fue arrancada a la fuerza de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio. Las consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al santo de Israel. Cuando Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como cesaron las plagas. Todos éstos lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el pecado mismo.
Mas cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. "La Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (S. Juan 1: 9), ilumina las cámaras secretas del alma y se manifiestan las cosas ocultas. La convicción se posesiona de la mente y del corazón. El pecador tiene entonces conciencia de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.
La oración de David después de su caída es una ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento era sincero y profundo. No hizo ningún esfuerzo por atenuar su crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró su oración. David veía la enormidad de su transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía su pecado. No imploraba solamente el perdón, sino también la pureza del corazón. Deseaba tener el gozo de la santidad -ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Este era el lenguaje de su alma:
"¡Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!
¡Bienaventurado el hombre a quien Jehová no atribuye la iniquidad, cuyo espíritu no hay engaño! (Salmo 32: 1, 2)
Nuestra felíz esperanza
jueves, 29 de abril de 2010
Muchas son las figuras por las cuales el Espíritu de Dios ha procurado ilustrar esta verdad y hacerla clara a las almas que desean verse libres de la carga del pecado. Cuando Jacob pecó, engañando a Esaú, y huyó de la casa de su padre, estaba abrumado por el conocimiento de su culpa. Solo y abandonado como estaba, separado de todo lo que le hacía preciosa la vida, el único pensamiento que sobre todos los otros oprimía su alma, era el temor de que su pecado lo hubiese apartado de Dios, que fuese abandonado del cielo. En medio de su tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra desnuda. Rodeábanlo solamente las solitarias montañas, y cubríalo la bóveda celeste con su manto de estrellas. Habiéndose dormido, una luz extraordinaria se le apareció en su sueño; y he aquí, de la llanura donde estaba recostado, una inmensa escalera simbólica parecía conducir a lo alto, hasta las mismas puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían por ella; al paso que de la gloria de las alturas se oyó la voz divina que pronunciaba un mensaje de consuelo y esperanza. Así hizo Dios conocer a Jacob aquello que satisfacía la necesidad y el ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud vio revelado un camino por el cual él, como pecador, podía ser restaurado a la comunión con Dios. La mística escalera de su sueño representaba a Jesús, el único medio de comunicación entre Dios y el hombre.
Esta es la misma figura a la cual Cristo se refirió en su conversación con Natanael, cuando dijo: "Veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre" (S. Juan 1: 51). Al caer, el hombre se apartó de Dios: la tierra fue cortada del cielo. A través del abismo existente entre ambos no podía haber ninguna comunión. Mas mediante Cristo, el mundo está unido otra vez con el cielo. Con sus propios méritos, Cristo ha salvado el abismo que el pecado había hecho, de tal manera que los hombres pueden tener comunión con los ángeles ministradores. Cristo une al hombre caído, débil y miserable, con la Fuente del poder Infinito.
Mas vanos son los sueños de progreso de los hombres, vanos todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si menosprecian la única fuente de esperanza y amparo para la raza caída. "Toda dádiva buena y todo don perfecto" (Santiago 1: 17) es de Dios. No hay verdadera excelencia de carácter fuera de él. Y el único camino para ir a Dios es Cristo, quien dice: "Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí". (S. Juan 14: 6)
El corazón de Dios suspira por sus hijos terrenales con un amor más fuerte que la muerte. Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en un don. La vida, la muerte y la intercesión del Salvador, el ministerio de los ángeles, la imploración del Espíritu Santo, el Padre que obra sobre todo y por todo, el interés incesante de los seres celestiales: todos están empeñados en la redención del hombre.
¡Oh, contemplemos el sacrificio asombroso que ha sido hecho por nosotros! Procuremos apreciar el trabajo y la energía que el cielo está empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo a la casa de su Padre. Jamás podrían haberse puesto en acción motivos más fuertes y energías más poderosas: los grandiosos galardones por el bien hacer, el goce del cielo, la compañía de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y de su Hijo, la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras facultades por las edades eternas, ¿no son éstos incentivos y estímulos poderosos que nos instan a dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante servicio de nuestro corazón?
Y por otra parte, los juicios de Dios pronunciados contra el pecado, la retribución inevitable, la degradación de nuestro carácter y la destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para amonestarnos contra el servicio de Satanás.
¿No apreciaremos la misericordia de Dios? ¿Qué más podía hacer? Pongámonos en perfecta relación con Aquel que nos ha amado con estupendo amor. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y el Hijo.
La más urgente necesidad del hombre
miércoles, 28 de abril de 2010
EL HOMBRE estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo sustituyó al amor. Su naturaleza se hizo tan débil por la transgresión, que le fue imposible, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial. El propósito del tentador era contrariar el plan que Dios había tenido al crear al hombre y llenar la tierra de miseria y desolación. Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de Dios al crear al hombre.
El hombre, en su estado de inocencia, gozaba de completa comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de su caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No está en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él. El pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría 16 la compañía de los seres santos. Y si se le pudiese permitir entrar en el cielo, no hallaría alegría en aquel lugar. El espíritu de amor puro que reina allí donde responde cada corazón al corazón del Amor Infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de simpatía. Sus pensamientos, sus intereses, sus móviles, serían distintos de los que mueven a los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del cielo. El cielo sería para él un lugar de tortura. Ansiaría ocultarse de la presencia de Aquel que es su luz y el centro de su gozo. No es un decreto arbitrario de parte de Dios el que excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han cerrado las puertas por su propia ineptitud para aquella compañía. La gloria de Dios sería para ellos un fuego consumidor. Desearían ser destruidos para esconderse del rostro de Aquel que murió por salvarlos.
Es imposible que escapemos por nosotros mismos del abismo del pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar. "¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda? Ninguno" (Job 14: 4 )"Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar" (Romanos 8: 7). La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún poder. Pueden producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto,17 antes de que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Solamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma y atraerlas a Dios, a la santidad. El Salvador dijo: "A menos que el hombre naciere de nuevo", a menos que reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y móviles que lo guíen a una nueva vida, "no puede ver el reino de Dios" (S. Juan 3: 3).
La idea de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe en el hombre por naturaleza, es un engaño fatal. "El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente" (1 Corintios 2: 14). "No te maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo" (S. Juan 3: 7.) De Cristo está escrito: "En él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres" (S. Juan 1: 4), el único "nombre debajo del cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos" (Hechos 4: 12).
No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: "Consiento en que la ley es buena", "la ley es santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno". Mas él añadió en la amargura de su alma agonizante y desesperada: "Soy carnal, vendido bajo el poder del pecado" (Romanos 7: 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 24).
La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones
sobrecargados. No hay más que una contestación para todos: "'¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!" (S. Juan 1: 29).
¡Hijos del Rey celestial! ¡Promesa preciosa!
lunes, 26 de abril de 2010
El precio pagado por nuestra redención, el sacrificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo para que muriese por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que podemos ser hechos por Cristo. Al considerar el inspirado apóstol Juan "la altura", "la profundidad" y "la anchura" del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo encontrar lenguaje conveniente en que expresar la grandeza y ternura de este amor, exhorta al mundo a contemplarlo. "¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!" (1 S. Juan 3: 1) ¡Qué valioso hace esto al hombre! Por la transgresión, los hijos del hombre se hacen súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio reconciliador de Cristo, los hijos de Adán pueden ser hechos hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por la relación con Cristo, llegar a ser en verdad dignos del nombre de "hijos de Dios".
Tal amor es incomparable. ¡Hijos del Rey celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema para la más
profunda meditación! ¡El incomparable amor de Dios para con un mundo que no lo amaba! Este pensamiento tiene un poder subyugador y cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, más vemos la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más claramente discernimos pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre para con su hijo extraviado.
"Romperse puede todo lazo humano, Separarse el hermano del hermano, Olvidarse la madre de sus hijos, Variar los astros sus senderos fijos; Mas ciertamente nunca cambiará El amor providente de Jehová".
Su amor infinito sobre un mundo caído
sábado, 24 de abril de 2010
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. El se hizo "Varón de dolores" para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo eterno. Dios permitió que su Hijo amado, lleno de gracia y de verdad, viniese de un mundo de indescriptible gloria, a un mundo corrompido y manchado por el pecado, oscurecido con la sombra de la muerte y la maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la adoración de los ángeles, para sufrir vergüenza, insulto, humillación, odio y muerte. "El castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos" (Isaías 53: 5).
¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El Hijo inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El que había sido uno con Dios, sintió en su alma la terrible separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Esto arrancó de sus labios el angustioso clamor: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has desamparado?" (S. Mateo 27: 46). La carga del pecado, el conocimiento de su terrible enormidad y de la separación que causa entre el alma y Dios, quebrantó el corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fue hecho a fin de crear amor en el corazón del Padre para con el hombre, ni para moverlo a salvar. ¡No, no! "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito" (S. Juan 3: 16). No es que el Padre nos ame por causa de la gran propiciación, sino que proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual él pudo derramar su amor infinito sobre un mundo caído. "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo" (2 Corintios 5: 19). Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el corazón del Amor Infinito pagó el precio de nuestra redención.
Jesús decía: "Por esto el Padre me ama, por cuanto yo pongo mi vida para volverla a tomar" (S. Juan 10: 17). Es decir: "De tal manera os amaba mi Padre, que aún me ama más porque he dado mi vida para redimiros. Por haberme hecho vuestro Sustituto y Fianza, por haber entregado mi vida y tomado vuestras responsabilidades, vuestras transgresiones, soy más caro a mi Padre; por mi sacrificio, Dios puede ser justo y, sin embargo, el justificador del que cree en Jesús".´
Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra redención; porque sólo él, que estaba en el seno del Padre podía darlo a conocer. Sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía manifestarlo. Nada menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida humanidad.
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito". Lo dio no solamente para que viviese entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como su sacrificio; lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús "no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Hebreos 2: 11). Es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado de la ruina y degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y participase del gozo de la santidad.
"Consumado es"
viernes, 2 de abril de 2010
Cristo no entregó su vida hasta que hubo cumplido la obra que había venido a hacer, y con su último aliento exclamó: "Consumado es." La batalla había sido ganada. Su diestra y su brazo santo le habían conquistado la victoria. Como Vencedor, plantó su estandarte en las alturas eternas. ¡Qué gozo entre los ángeles! Todo el cielo se asoció al triunfo de Cristo. Satanás, derrotado, sabía que había perdido su reino.
El clamor, "Consumado es," tuvo profundo significado para los ángeles y los mundos que no habían caído. La gran obra de la redención se realizó tanto para ellos como para nosotros. Ellos comparten con nosotros los frutos de la victoria de Cristo. Hasta la muerte de Cristo, el carácter de Satanás no fue revelado claramente a los ángeles ni a los mundos que no habían caído. El gran apóstata se había revestido de tal manera de engaño que aun los seres santos no habían comprendido sus principios. No habían percibido claramente la naturaleza de su rebelión. Era un ser de poder y gloria admirables el que se había levantado contra Dios.
Acerca de Lucifer el Señor dice: "Tú echas el sello a la proporción, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura." Lucifer había sido el querubín cubridor. Había estado en la luz de la presencia de Dios. Había sido el más alto de todos los seres creados y el primero en revelar los propósitos de Dios al universo. Después que hubo pecado, su poder seductor era tanto más engañoso y resultaba tanto más difícil desenmascarar su carácter cuanto más exaltada había sido la posición que ocupara cerca del Padre. Dios podría haber destruido a Satanás y a los que simpatizaban con él tan fácilmente como nosotros podemos arrojar una piedrecita al suelo; pero no lo hizo.
La rebelión no se había de vencer por la fuerza. Sólo el gobierno satánico recurre al poder compulsorio. Los principios del Señor no son de este orden. Su autoridad descansa en la bondad, la misericordia y el amor; y la presentación de estos principios es el medio que quiere emplear. El gobierno de Dios es moral, y la verdad y el amor han de ser la fuerza que lo haga prevalecer.
El Sermón del Monte
sábado, 20 de marzo de 2010
El Sermón del Monte es una bendición del cielo para el mundo, una voz
proveniente del trono de Dios. Fue dado a la humanidad como ley que enunciara
sus deberes y luz proveniente del cielo, para infundirle esperanza y consolación en
el desaliento; gozo y estímulo en todas las vicisitudes de la vida. En él oímos al
Príncipe de los predicadores, el Maestro supremo, pronunciar las palabras que su
Padre le inspiró.
Las bienaventuranzas son el saludo de Cristo, no sólo para los que creen, sino
también para toda la familia humana. Parece haber olvidado Por un momento que
está en el mundo, y no en el cielo, pues emplea el saludo familiar del mundo de la
luz. Las bendiciones brotan de sus labios como el agua cristalina de un rico
manantial de vida sellado durante mucho tiempo.
Cristo no permite que permanezcamos en la duda con respecto a los rasgos de
carácter que él siempre reconoce y bendice. Apartándose de los ambiciosos y
favoritos del mundo, se dirige a quienes ellos desprecian, y llama bienaventurados
a quienes reciben su luz y su vida. Abre sus brazos acogedores a los pobres de
espíritu, a los mansos, a los humildes, a los acongojados, a los despreciados, a
los perseguidos, y les dice: "Venid a mí y yo os haré descansar".
Cristo puede mirar la miseria del mundo sin una sombra de pesar por haber
creado al hombre. Ve en el corazón humano más que el pecado y la miseria. En
su sabiduría y amor infinitos, ve las posibilidades del hombre, las que puede
alcanzar. Sabe que aunque los seres humanos hayan abusado de sus
misericordias y hayan destruido la dignidad que Dios les concediera, el Creador
será glorificado con su redención.
A través de los tiempos, las palabras dichas por Jesús desde la cumbre del monte
de las Bienaventuranzas conservarán su poder. Cada frase es una joya de verdad.
Los principios enunciados en este discurso se aplican a todas las edades a todas
las clases sociales. Con energía divina, Cristo expresó su fe y esperanza, al
señalar como bienaventurados a un grupo tras otro por haber desarrollado un
carácter justo. Al vivir la vida del Dador de toda existencia mediante la fe en él,
todos los hombres pueden alcanzar la norma establecida en sus palabras.
Jesucristo: ¿Mito o historia?
viernes, 18 de septiembre de 2009
Hay quienes se preguntan si el Jesús de la fe es el mismo Jesús de la historia. Tal vez, sugieren otros, Jesús es un mito o acaso una invención motivada por la fe. ¿Será que debemos rechazar al Jesús histórico como una leyenda inventada por los cristianos?
Durante los primeros siglos de la era cristiana, no se dudaba que Jesús fuera un personaje real e histórico. Tanto los creyentes como los incrédulos aceptaban que Jesús había vivido y muerto en Palestina. A principios del siglo V, San Agustín preparó una Armonía de los Evangelios para defender a los autores de los Evangelios de la acusación de “total falta de veracidad”. Al mismo tiempo, admitió que el orden de los acontecimientos narrados y los discursos registrados podrían haber sido reconstruidos. Aun así, para Agustín el Jesús de la historia y el de la fe eran básicamente la misma persona.
La búsqueda del Jesús histórico
La así llamada “búsqueda del Jesús histórico” comenzó en serio con Hermann Reimarus (1694-1768), quien se propuso encontrar al Jesús que había existido antes de que la iglesia lo recubriera y ocultara con dogmas. Reimarus llegó a acusar a los discípulos de inventar los milagros y la resurrección para no tener que volver a dedicarse a la pesca. Sus escritos causaron consternación entre los creyentes e interés entre los investigadores.
En el siglo XIX, F. J. Baur (1792-1860), usando como método la crítica histórica, llegó a la conclusión de que “la posición que tomemos acerca de la resurrección tiene poca importancia para la historia”. Lo que sí importaba era que los apóstoles creían que la resurrección había ocurrido.
Albert Schweitzer, quizás mejor conocido por sus 40 años de obra médica en África y su premio Nobel de la Paz en 1952, opinó sobre el tema en su libro La búsqueda del Jesús histórico, publicado en inglés en 1910. Allí Schweitzer criticó a los eruditos que, a su juicio, habían convertido a Jesús en una “figura diseñada por el racionalismo, dotada de vida por el liberalismo y vestida por la teología moderna con un manto histórico”. A pesar de su creencia personal en Jesús, Schweitzer concluyó que ya no existía fundamento histórico para el cristianismo. Para él lo importante no era “Jesús como se lo conoce en la historia, sino Jesús resucitado espiritualmente dentro de los hombres”.
En el siglo XX, Rudolf Bultmann (1883-1976), que había sido educado en el liberalismo y el escepticismo, afirmó que “no podemos saber casi nada acerca de la vida y la personalidad de Jesús, ya que las primeras fuentes cristianas no muestran interés en ninguna de las dos y son, además, fragmentarias y con frecuencia legendarias”. Para Bultmann, los milagros de Jesús eran “leyendas”; sus dichos, “típicos” pero no auténticos. La iglesia, y no Jesús, le había dado significado a su muerte.
Siguiendo la dirección de Bultmann, el “Seminario sobre Jesús”, un grupo de 74 estudiosos, la mayoría de ellos profesores en universidades norteamericanas, se reunió durante varios años, a partir de 1985, a fin de preparar una versión erudita de los cuatro Evangelios canónicos y el apócrifo Evangelio de Tomás. Estudiaron 1.500 dichos de Jesús, y votaron luego sobre la supuesta autenticidad de cada uno. Su veredicto fue que el “ochenta y dos por ciento de las palabras atribuidas a Jesús en los Evangelios no fueron pronunciadas por él”. En cuanto a los milagros, su posición era similar a la de Bultmann: “El Cristo del credo y del dogma…ya no puede ser aceptado por quienes han visto los cielos a través del telescopio de Galileo”. El co-fundador del seminario, John Dominic Crossan, afirmó que Jesús “no curó enfermedades ni era capaz de hacerlo” y que nadie puede “traer a los muertos de vuelta a la vida”. El relato de la resurrección de Cristo incluye más “trances y visiones” que realidad. Crossan señaló que la historia de la resurrección dice más acerca del origen de la autoridad cristiana que del origen de la fe cristiana. Para Marcus Borg, participante en el seminario, “la historia del Jesús histórico concluye con su muerte un viernes del año 30 d.C.”. Sin embargo, acepta que el Señor se apareció a sus seguidores “en una forma nueva a partir del domingo de Pascua” y que desde entonces lo experimentaron como “una realidad viviente”.
¿En qué se ha basado esta “búsqueda”? En buena medida, en el racionalismo, el naturalismo y la crítica, que pasaron de la filosofía a la teología a partir del siglo XVII. Una importante presuposición racionalista —que no existen milagros— llevó a los que estuvieron involucrados en esta “búsqueda” a concluir que buena parte de lo que se lee en los Evangelios es ficción.
¿Puede una teología fundamentada en tal posición ser aceptable para quienes creen en la veracidad de la Biblia? Evidentemente, no. Existe suficiente evidencia para que el creyente afirme la historicidad de Jesús y la veracidad de los Evangelios. La evidencia presentada en este artículo incluye referencias literarias, bíblicas y arqueológicas.
Referencias a Jesús en documentos no cristianos
Fuentes literarias judías
Josefo, el historiador judío (aproximadamente del año 37 al 100), se refiere a Jesús dos veces en sus Antigüedades de los judíos. La primera mención es tangencial a su presentación de las actividades del sumo sacerdote Anano, en torno al año 62. Afirma que Anano “reunió al sanedrín de los jueces y presentó delante de ellos al hermano de Jesús, llamado el Cristo, cuyo nombre era Santiago, y a algunos otros, y cuando hubo formulado una acusación contra ellos como quebrantadores de la ley, los entregó para ser apedreados”. El pasaje muestra un punto de vista no cristiano al decir que era “llamado” Cristo. Si el autor hubiese sido cristiano, habría designado a Santiago como “hermano del Señor”.
En las mismas Antigüedades (libro 18) aparece el debatido “Testimonium Flavianum” en un pasaje que describe a Pilato, quien condena a muerte a Jesús. El libro 18 de las Antigüedades sólo se encuentra en tres manuscritos griegos, el más antiguo de los cuales es del siglo X. En la forma como aparece allí, el pasaje no parece haber sido escrito por un judío. “Vivió por este tiempo Jesús, un hombre sabio, si acaso se le puede llamar hombre; porque era hacedor de obras maravillosas, maestro de quienes reciben la verdad con placer. Atrajo a muchos judíos y también a muchos gentiles. Él era [el] Cristo. Y cuando Pilato, por indicación de los principales entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que en un principio lo habían amado no lo abandonaron; porque apareció ante ellos de nuevo al tercer día; así como lo habían predicho los profetas divinos, junto con diez mil otras cosas maravillosas acerca de él”.
En 1971 se publicó en Israel una versión árabe del libro 18, donde se encuentra el “Testimonium Flavianum”. El texto difiere mucho de la versión griega: “En este tiempo hubo un hombre sabio llamado Jesús. Su conducta era buena y se lo conocía como virtuoso. Muchos de los judíos y de otras naciones se hicieron discípulos de él. Pilato lo condenó a morir crucificado. Pero los que se habían hecho discípulos de él no abandonaron el discipulado. Informaron que se les apareció tres días después de su crucifixión y que estaba vivo; por lo cual podría haber sido el Mesías, acerca de quien los profetas escribieron maravillas”.
Las diferencias entre las dos versiones del pasaje sugieren que la versión griega incluye añadidos cristianos. Sin embargo, no hay duda de que Josefo mencionó la crucifixión de Jesús.
El Talmud de los judíos, redactado en dos formas, en Babilonia y en Palestina, por el siglo V, contiene enormes cantidades de tradición oral comunicada de rabino a rabino. Si bien a Jesús se lo menciona en forma peyorativa en varios pasajes, nos interesa una declaración: “En vísperas de la pascua Yeshu fue colgado. Por cuarenta días antes de la ejecución, un heraldo salió y proclamó, ‘Él será apedreado porque ha practicado la hechicería y ha seducido a Israel a la apostasía. Quienquiera pueda decir algo a su favor que se adelante y lo defienda’. Pero como nada se presentó en su favor fue colgado en vísperas de la pascua”.
Este pasaje concuerda con los Evangelios en que Jesús fue ejecutado en vísperas de la pascua; sin embargo, lo de los cuarenta días es ajeno al relato bíblico. Es interesante que según la costumbre judía Jesús debía ser apedreado por seducir a Israel a la apostasía. Por otra parte fue “colgado”, posiblemente siguiendo órdenes romanas. En todo caso, Yeshu aparece como personaje histórico que tuvo un impacto marginal en la historia judía.
Fuentes literarias paganas
Una de las más antiguas menciones de Jesús en documentos paganos aparece en una carta escrita por Mara bar Sarapión. Este estoico sirio había sido encarcelado en Roma (probablemente a fines del siglo I), y le escribía a su hijo para animarlo a buscar la sabiduría. Menciona a Sócrates, Pitágoras y al “sabio rey” muerto por los judíos. Ninguno de ellos en realidad había muerto porque cada uno había dejado un legado de sabiduría. El “sabio rey” vivía “por causa de la nueva ley que ha dado”. Si bien no da el nombre del “sabio rey”, no se duda de que se refería a Jesús.
Cuando Plinio llegó a ser gobernador de Bitinia y Ponto a comienzos del siglo II, escribió a Roma pidiendo instrucciones. Uno de los asuntos que le preocupaba era qué hacer con los cristianos. En una de sus cartas menciona dos veces a Cristo. Informa que cualquiera que fuera acusado de ser cristiano podía repudiar la acusación con sólo ofrecer incienso a los dioses y al emperador y blasfemar el nombre de Cristo. También dice que el culto de los cristianos se hacía antes del amanecer e incluía la recitación de palabras dirigidas a “Cristo como a un dios”. Esta carta, escrita por el año 112 no añade gran cosa a lo que ya se sabe acerca del culto y las creencias de los cristianos. Sin embargo, corrobora la existencia de cristianos que seguían a Jesús.
El historiador romano Tácito (aproximadamente 55-117 d.C.) escribió treinta libros sobre acontecimientos transcurridos del año 14 al 96 del siglo I. Desgraciadamente, faltan los que se refieren a los años 29 al 32. Sin embargo, su narración del gran incendio de Roma (64 d.C.), del cual Nerón culpó a los cristianos, contiene referencias a los cristianos y a Cristo. “En consecuencia, para deshacerse de este informe [de que él mismo había mandado incendiar la ciudad], Nerón culpó e infligió las más horribles torturas a un grupo odiado por sus abominaciones, llamados cristianos por el pueblo. Cristo, en quien se originó ese nombre, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio, por manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato”. Tácito continúa afirmando que el cristianismo era una “superstición maliciosa”, que había comenzado en Palestina y se había extendido a Roma. Su tono despectivo indica que este pasaje no fue una interpolación cristiana. Tácito aceptaba a Jesús como figura histórica.
Luciano de Samosata, escritor satírico del siglo II, se burla de los cristianos y de su fundador: “Los cristianos, bien sabéis, adoran hasta hoy a un hombre, el distinguido personaje que introdujo sus ritos novedosos y fue crucificado por ello”. Los cristianos, afirma, “adoran al sabio crucificado y viven según sus leyes”.
Evidencias bíblicas
Como creyente, encuentro razones para considerar que las fuentes bíblicas proporcionan un testimonio confiable acerca de la historicidad de Jesús. Para comenzar, hay casi total acuerdo entre los eruditos de que el Nuevo Testamento se completó antes del final del siglo I. Las tradiciones más antiguas afirman que Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron los autores de los Evangelios. Mateo y Juan fueron discípulos de Jesús. Marcos y Lucas estaban separados sólo por un paso de los acontecimientos que narraron. Papías de Hierápolis (comienzos del siglo II) afirma que Marcos era el “intérprete de Pedro” y que redactó el relato de los eventos que le hizo Pedro, no necesariamente en el orden en que ocurrieron, pero con la mayor precisión posible. En torno al año 185, Ireneo declaró que Lucas, apóstol junto con Pablo, había escrito un Evangelio que proporcionaba detalles de la historia de Jesús que no aparecían en los otros tres. Además, los otros libros del Nuevo Testamento dan por sentada la historicidad de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Pablo hasta menciona la existencia de testigos de estos acontecimientos (1 Corintios 15:5-8).
Las referencias a fechas y gobernantes en el Evangelio de Lucas, si bien no están totalmente libres de problemas de interpretación, proporcionan evidencia de la proximidad del autor a los hechos. El que Lucas haya usado (en 3:1-3) el estilo greco-romano de presentar su información indica claramente su intención de mostrar la historicidad de su escrito.
El papiro John Rylands (P52), encontrado en Egipto, contiene un fragmento de Juan 18. Data de comienzos del siglo II, lo que confirma que los cuatro Evangelios fueron redactados antes de fines del siglo I. El papiro Bodmer (P66), también del siglo II, conserva grandes porciones del Evangelio de Juan en forma de libro. Otros papiros de fines del siglo II o comienzos del III se suman a la evidencia de que los Evangelios, tales como los conocemos hoy, existieron desde fecha muy antigua.
Poco después del descubrimiento de los papiros Chester Beatty, Sir Frederic Kenyon afirmó en 1930: “El resultado neto de este descubrimiento…es, en efecto, la reducción del lapso entre la data de los más antiguos manuscritos y las fechas tradicionales de redacción de los libros del Nuevo Testamento, de modo que esa separación se torna insignificante en la discusión de su autenticidad. Ningún otro libro de la antigüedad goza de tan antiguo y abundante testimonio con respecto al texto y ningún erudito imparcial puede negar que el texto que hoy tenemos es esencialmente confiable”.
Ningún otro documento de la antigüedad cuenta con manuscritos que datan de fecha tan cercana a su redacción original. Por ejemplo, el más antiguo y único manuscrito de los primeros libros de los Anales de Tácito, escritos a principios del siglo II, nos viene aproximadamente del año 1100. El manuscrito más antiguo de la Ilíada de Homero es de unos 400 años después de que se escribiera esa épica. La biografía de Alejandro Magno, escrita por Plutarco y considerada por los historiadores como digna de confianza, fue escrita más de cuatro siglos después de la muerte de Alejandro. El más antiguo manuscrito de La Guerra de las Galias, es una copia del año 900, casi mil años después que Julio César redactara esa historia.
Evidencias arqueológicas
Si bien los descubrimientos arqueológicos, con la posible excepción del osario de Santiago, publicitado a fines del año 2002, no se refieren específicamente a Jesús, corroboran varios elementos de los relatos de los Evangelios. Algunas construcciones, como la sinagoga de Capernaum y el estanque de Betesda en Jerusalén, han sido excavadas e identificadas. También se han hallado y estudiado monedas que aparecen mencionadas en los Evangelios. Los huesos de un tal Yehohanan, encontrados en un osario judío, muestran los efectos de una crucifixión: un clavo de 20 cm todavía atraviesa los huesos de su tobillo.
La arqueología ha demostrado que Poncio Pilato era procurador romano en Jerusalén en tiempos de Cristo. Aún más, algunas monedas fechadas entre los años 29 y 31 llevan su nombre, junto con símbolos religiosos romanos, corroborando así los relatos de su mala voluntad para con los judíos.
Conclusión
Se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Cristo; sin embargo, su nacimiento ha dividido la historia humana en dos: antes y después de Cristo. Si no hubiera base histórica para la vida de Jesús, eso difícilmente habría ocurrido.
Los seguidores de Jesús fueron transformados: Pedro, el cobarde, se convirtió en un valiente apóstol; Juan el amado escribió con toda convicción: “Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis” (Juan 19:35, RVR). A lo largo de los siglos, los incontables mártires se sometiron a la muerte por sus convicciones cristianas.
La iglesia cristiana, a pesar de sus defectos, ha basado su proclamación y su servicio en la realidad histórica de Jesús. El Jesús de la fe emerge del Jesús de la historia, sin el cual la fe cristiana no sería más que una ilusión.
N.W.V.
Referencias
1. Augustine, The Harmony of the Gospels 1.7, 2.12.
2. Hermann Reimarus, On the Goal of Jesus and His Disciples (Leiden: Brill, 1970), p. 41.
3. F. C. Baur, The Church History of the First Three Centuries (London: Williams y Norgate, 1878), Vol. 1, pp. 42, 43.
4. Albert Schweitzer, The Quest of the Historical Jesus (New York: Macmillan, 1959), pp. 398, 401.
5. Rudolf Bultmann, Jesus and the Word (New York: Scribners, 1958), pp. 8, 107, 108.
6. Robert W. Funk, Roy W. Hoover, y el Jesus Seminar, The Five Gospels: The Search for the Authentic Words of Jesus (New York: Macmillan, 1993), p. 5.
7. John Dominic Crossan, Jesus: A Revolutionary Biography (San Francisco: Harper San Francisco, 1994), pp. 82, 95.
8. Ibíd., p. 190.
9. Marcus J. Borg, Jesus: A New Vision: Spirit, Culture, and the Life of Discipleship (San Francisco: Harper Collins, 1987), pp. 184, 185.
10. Josephus, Jewish Antiquities 20.9.1.
11. Josephus, Jewish Antiquities 18.3.3.
12. Shlomo Pines, An Arabic Version of the Testimonium Flavianum and Its ImplicationsJesus within Judaism: New Light from Exciting Archaeological Discoveries (New York: Doubleday, 1988), p. 95. (Jerusalem: Israel Academy of Sciences and Humanities, 1971); texto tomado de James Charlesworth,
13. The Babylonian Talmud (London: Soncino, 1935), 27:281.
14. John P. Meier, A Marginal Jew (New York: Doubleday, 1991), 1:76-78.
15. Tacitus, Annals 15.44.
16. Lucian, The Death of Peregrine 11-13.
17. Citado en Eusebius, Church History 3.39.
18. Irenaeus, Against Heresies 3.14.1-3.
19. Kurt Aland y Barbara Aland, The Text of the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1989), pp. 83-102.
20. Frederic Kenyon, The Bible and Modern Scholarship (London: John Murray, 1948), p. 20.
21. En el osuario se lee: “Santiago, hijo de José hermano de Jesús”. Ver Biblical Archaeology Review 28 (Noviembre-Diciembre 2002): 24-37; y 29 (Enero—Febrero 2003): 20-25.
22. James E. Strange y Hershel Shanks, “Synagogue Where Jesus Preached Found at Capernaum”, Biblical Archaeology Review 9 (Noviembre-Diciembre 1983): 24-31.
23. Gonzalo Báez-Camargo, Archaeological Commentary on the Bible (New York: Doubleday, 1984), p. 218.
24. New International Dictionary of Biblical Archaeology, s.v. “Crucifixion.”
25. D. H. Wheaton, “Pilate,” The Illustrated Bible Dictionary (Wheaton, IL: Tyndale, 1980), pp. 187, 188.